“En 2 años, cumpliré más de vida con dolor que sin él, aun así nunca lo atendí como es debido. Fue sorpresiva su visita, como quien llega por café y se queda toda la vida.
“Llegué durante este tiempo hasta a negar su existencia, ahora lo abrazo cada noche antes de irme a dormir y eso es gracias a la terapia. Descubrirme desde la vulnerabilidad de mis crisis y aprender a mantener la calma es lo que más agradezco. Eso, la paz que obtuve al atender mi dolor”.

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